A partir de 1955, Baracaldo comenzó un inusitado crecimiento demográfico. Los años precedentes ya era ascendente la gráfica de habitantes en esta población, por la constante inmigración de gentes venidas sobre todo de Castilla, Galicia y Andalucía. Pero esa tendencia se incrementó de forma significativa en ese año. ¿Cuál era el motivo? De repente, a los vizcaínos se les ocurrió que era más seguro que sus descendientes naciesen en un hospital, por ejemplo, en el recién estrenado Hospital Enrique Sotomayor[1], construido en el barrio baracaldés de Cruces.

[1] Realmente dicho hospital fue denominado en sus inicios Residencia Sanitaria Enrique Sotomayor. Fue diseñado —al igual que otros muchos hospitales de la época —por el arquitecto Martín José Marcide Odriozola. Hoy en día se le denomina como Hospital Universitario Cruces.

Pero yo me asomé a este mundo antes de ese año. Vi la luz del día en junio de 1946 en Sestao, pueblo fabril, antes agrícola y ganadero. Me habían concebido unos meses antes María Arriaga Arteche y Santiago Fernández de Coó. Mi madre era natural del castizo barrio bilbaíno de Atxuri; mi padre de un pueblo de la Tierra de Campos, concretamente Magaz de Pisuerga, cerca de la capital palentina. 

Iglesia de Santa María de Sestao
Picando en la imagen, se amplia.

¿Quién ayudó a Maritxu, mi amatxu, a traerme a este mundo? Sin duda, una de las cinco parteras[1] que ejercían en el pueblo en ese momento. Las matronas —más conocidas como parteras —prestaron una atención decisiva, apreciada y reconocida, similar a la realizada por los sanitarios en tiempos actuales. Fueron la alternativa de entonces a unos servicios y unas prestaciones sociales que para importantes sectores de la población eran indispensables. A pesar de esta significada labor, al universalizarse la asistencia al parto en el hospital, su papel fue desapareciendo de manera paulatina y no traumática, no produciéndose choque emocional ni con los sanitarios, ni en las gentes a las que atendían. Simplemente, el progreso en los nuevos tiempos las fue diluyendo y no transmitieron su labor de parteras a sus descendientes.

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[1] Sus nombres: Emerenciana Martínez, Isabelita Carrascal, las hermanas Piedad y Amalia Gutiérrez Aramburu y la hija de Piedad, Angelita Vicuña Gutiérrez.